La sociedad del náufrago.

Notas para la exposición de fotografía de Jesús Tarruella.

 

      De entre todas las sociedades secretas que hay o que pueda haber, la sociedad del náufrago es la más paradójica. La propia condición de náufrago es en sí una paradoja.

           La consecuencia natural del naufragio es la muerte, la destrucción. Por lo cual el náufrago sobreviviente es la excepción que emerge solitaria de entre la tragedia catastrófica.

           La suma de azares, accidentes, peripecias e incluso, habilidades insospechadas que conducen al náufrago a la sobrevivencia constituyen su secreto. Es un doble secreto que por un lado, por inefable, él mismo no alcanza a reconocer cumplidamente. Por otro lado es un secreto inmediatamente inviolable del que solo participa el único sobreviviente. ¿A quién?

           El desembarco del náufrago en la isla desierta la puebla con su propia sociedad. La de uno solo, que es una sociedad multitudinaria y confusa en cuyo corazón radica el secreto. Pues no hay sociedad que no posea su secreto, ni tampoco secreto que no identifique a una sociedad frente a la impudicia y el anonimato de ellos, los ignorantes.

           Como en todas ellas, en la sociedad secreta del náufrago se amontonan los debates, las permanentes diatribas, los conflictos de intereses, las tendencias divergentes o contrapuestas y, también, los juicios que tanto previos como no, nunca resultan salomónicos. Tal barahúnda y agitación, a lo largo del tiempo, va perdiendo pulso y al aplacarse inunda a la isla desierta con una calma tensa. Puesto que no es equilibrio, ni surge de las decisiones y sentencias constantemente apeladas, permanentemente aplazadas, al mínimo soplo de brisa eclosiona la tensión en una nueva tanda de erupciones violentas que despliegan los trastos por todas partes.

          Al náufrago, sediento de solución, no le queda nada más que recoger algunos restos, protegerlos y lanzarlos al tiempo como mensajes flotantes emitidos sin probabilidad ni esperanza de respuesta.

          La vida es motivo de exaltación en la literatura, en la poesía, especialmente en el Romanticismo y, luego, en sus formas residuales neo-románticas del siglo XX. Hay filosofías vitalistas que fundamentan en el vivir todo conocer incluso el recordar. Tanto se ha dicho, escrito y leído sobre “la vida” que apenas queda resquicio como no sea un matiz: “sobrevivir”.

“Sobrevivir” es una palabra tránsfuga que no quiere decir que se vive por encima de la vida, sino que aun se vive sobre el riesgo de la muerte.

Sobrevivir es advertir la vida en el quicio. Desde el tercer principio de la termodinámica, cada vida es un milagroso sobrevivir. A cada paso de la vida se emboza el riesgo de la muerte, de modo que no morir del todo es ir sobreviviendo. A cada paso, un fragmento de vida que ha perecido, llega a ser un estribo para la emergencia de la vida que sigue. Cada vida, la de un náufrago del tiempo que se remonta milagrosamente de su acabamiento a cada paso y se encumbra fatigosamente en la loma de la isla desierta antes no hollada, siempre virgen y siempre áspera del ahora y a continuación.

          El recuerdo forma parte del recorrido. Recordar es ir recuperando fragmentos perdidos de un vivir pretérito ya muerto.

          El filósofo toma carrerilla sobre el recuerdo para brincar hacia el futuro. No obstante, no le queda más que proponer a la historia como sistema de reconocimiento de lo humano, que complementa a la ciencia que es entender la naturaleza. En la historia radica el sentido del porvenir de ser hombre. Tal sentido se construye como un puzzle, acomodando los retazos de historia de muerte cierta y aún sobrevivida.

          Los retazos de historia, los fragmentos de vida muerta, son recuperables como recuerdos, como mensajes lanzados al mar del tiempo durante otros naufragios más naturales, menos afortunados.

          La faena del naufrago sobreviviente: reconstruir el sentido del tiempo que llegará, repescando fragmentos del pasado muerto.

          Cuando las cosas no valen ni como llamada de atención o son obstáculos o devienen en indiferencia.

          Las cosas, cuando han servido, sirven, servirán o pueden servir, se integran en la gran clase de los objetos, esos leales servidores.

          En una ocasión, un hombre sabio, otro filósofo, me habló de su interés por la ontología del objeto y no he sabido luego a cerca del resultado de su indagación. A riesgo de rozar la banalidad, me atrevo a creer que el ser del objeto unce un yugo con el ser del sujeto como pareja de yunta. Y no es mera figura, que si cada uno puede pastar y abrevar por su lado, sólo uncidos son capaces de tirar del arado de la diferenciación y logran arrastrar los pesados carretones repletos de saberes y ciencias.

          A otro filósofo más se le quedó la mitad de la carga fuera del caletre. El ser en sí en cuanto que “dictum”, como hijo de poesía, o se transfigura en objeto, y ya estamos, o recala inexorablemente en el sujeto. Este arrea y arrea mientras el otro afloja de manera que el arado cierra el surco en una circunferencia sin final, aunque tenga centro. Pero, ¿cuál, donde?

          Mucho respeto con el objeto. Yo y mis cosas, que no sé dónde me acabo y empieza la pluma, esta acaba y empieza la tinta que aún no se ha acabado donde empieza el papel que son míos porque me sirven y sin su nobleza me quedo mudo y no soy ni sujeto ni nada.

          Fatiga un mundo en el que gigantescos veneros de objetos surgen disparados de las plantas fabriles. Adocena un mundo en el que montañas inmensas de objetos se arrumban ya inservibles, como cosas inadecuadas, indeseables, improcedentes, infectas. Atosiga un mundo en el que innumerables objetos en procesión de sombras chinas, recorren incansables los anaqueles y las consolas de nuestros cuartos y nuestras horas.

          Ingentes masas de objetos supuestamente destinados a servir para algo, para alguien, terminan sólo valiendo para adormecer el fluido afán de posesión. Flaco servicio, el que llega a indiferenciar la riqueza, puesto que lo que se hace del objeto también le sucede al sujeto.

         Cuando el objeto ya no sirve a nadie para nada, el desdén que padece lo desliza hacia la mera condición de cosa indiferenciada e insignificante. Es el naufragio del objeto.

          La virtual posesión del objeto cambia al sujeto en realmente poseído. El sujeto –y ahora, nunca mejor dicho- permanece lastrado a la abrumadora acumulación insignificante de cosas a la que rodea en perenne circulación. Es el mutuo naufragio de la yunta objeto-sujeto.

          El náufrago sobrevive secretamente en su objeto náufrago sobreviviente. El objeto significado, pescado con la red del tiempo que vendrá, de entre el inmenso mar de cosas indiferenciadas, con su reflejo devuelve el sentido al sujeto que sobrevive del naufragio.

          En el objeto significado, como talismán de la memoria, queda inserto el mensaje del recuerdo significativo. ¿Qué otro motivo tienen si no, los tenderetes de suvenires omnipresentes en los aledaños de los sitios de concentración turística?

          El objeto sobreviviente, el talismán, el amuleto ritual es el mensaje suvenir, el secreto oculto en cada paso dado durante el viaje arriesgado en el que vamos sobreviviendo, del que quizá podamos volver.

          Resulta fascinador que esta clase de reflexiones también se puedan trasladar con fotografías y esto es lo que nos presenta la nueva exposición de Jesús Tarruella. El trabajo de Tarruella expresa el esfuerzo del náufrago del tiempo por recuperar su historia  a través de los objetos convertidos en talismanes mensajeros, de un modo mucho más inmediato, más sensible y más que cualquier otro discurso.

          La impresión recibida por la contemplación de esta serie de fotografías me ha dejado “arregostado” (este jocundo y castizo localismo que indica de una vez satisfacción y ganas de repetir). Por eso imagino y se me ocurre proponer otra serie de fotografías en que los mensajes sean sujetos de una vida de objeto náufrago. ¿De nuestra vida? ¡Yo que sé!… Gandi, Enstein, Picasso, Martín Luter King, Rostropovich, Oloff Palme, Teresa de Calcuta…, y así. Todos ellos metidos en botellas y lanzados al tiempo para que luego nos propicien una buena sobrevivencia.

Carlos Sevilla, 29 de agosto de 2002

Texto interior:

Catálogo: Jesús Tarruella. Cartas de un Náufrago.
Edita: Cada de la cultura. Ayuntamiento de Villena.
2004
ISBN: 9788496621954