Fachadas, interiores, cubiertas, muros y cimientos conforman los complejos arquitectónicos que han salido al paso de Jesús Tarruella, desvelando sigilosamente las claves que guardan su misterio efímero. Unas claves que custodiaba el tiempo como guardián celoso de aquello que fuera un territorio próspero, y que ahora se muestra desprotegido e inerte. En respuesta al grito silenciado de la perdición o contestando, acaso, a la llamada anónima de lo fortuito, Jesús Tarruella se ha hecho eco del encuentro azaroso y del hallazgo callado. Y de este modo, ha captado en sus fotografías la inercia de un tiempo, ya sin armas, sin nada que salvaguardar ni conservar, abandonando a su propia desidia.

            Arquitecturas que se erigieron heroicas, se desvanecen hoy abatidas, de la misma forma que los perfiles de enérgicas ingenierías palidecen irremediablemente extenuadas, aun cuando resisten guarnecidas en los sublimes restos de su propia decadencia. Jesús Tarruella no auxilia, sin embargo, la herida abierta como tampoco indaga en los pormenores de la destrucción, ni siquiera especula con las dramáticas entrañas de la ruina. Su mirada recorre el campo de batalla como curiosa cronista. Como prudente arqueólogo, atiende los yacimientos devastados con metodologías exigentes, practicando el distanciamiento que le asiste la técnica y el concienzudo trabajo de campo. No obstante, cuando se sabe seguro, cuando su objetivo logra captar y armonizar las observaciones del momento con las investigaciones previas, en sus papeles se revelan hallazgos asombrosos, mientras se imprimen, al mismo tiempo, matices que, infiltrados accidentalmente, van más allá de sus propias expectativas. Desde esta óptica, si bien estas fotografías, como en las realizadas por Bern y Hilla Becher o Günther Förg, reconocemos la frialdad del método, así como la reiteración en los motivos representados, la obra de Jesús Tarruella tiende hacia otras vías de actuación. Frente a una obsesiva seriación de un trabajo excesivamente conceptualizado, Jesús Tarruella deja actuar lo casual. Liberado de la obligatoriedad de los encuadres efectistas y de las composiciones preciosistas, personaliza su actuación dirigiendo su objetivo hacia soluciones más experimentales; aun cuando la sobriedad con la que trata las fotografías emparenta su trabajo de nuevo con Bern y Hilla Becher. Sobriedad que aquí se hace extensiva al uso de una sensible gama de grises, sin renunciar a la dureza de los contrastes lumínicos que equilibran amplias y dramáticas zonas.

            Entre intenciones documentales y propósitos engañosos, la fotografía, como cualquier otra forma de representación, ha puesto su objetivo indistintamente en la afirmación de la certeza y la captura de la ficción. Desde su aparición, haciendo acopio de su capacidad reproductora, pronto atendió a una actitud especulativa que la requería imprescindible para explorar el inestable ámbito de la realidad. Con su actuación, la realidad se podía acortar y fragmentar, minimizar y ampliar; de manera que parte de sus más enigmáticos aspectos quedaban iluminados y sometidos a procesos de observación susceptibles de ser codificados. De este modo, la fotografía, inmovilizando la realidad del pasado y proyectándola en el futuro, la sometía a una operación verificadora. Sin embargo, si bien los procedimientos de verificación fueron rápidamente asumidos por la fotografía, y parte de su actividad quedó estigmatizada como testificadota, se produjeron, asimismo, fenómenos dentro de la cámara oscura que escapaban a los objetivos clarificadores con los que se pretendía conducir su eficacia. La fotografía ocultaba visiones y velaba aspectos de una realidad cambiante que podía mostrarse engañosa y revelarse como ficción.

            Las fotografías de Jesús Tarruella recogen, en parte, esta ambivalencia. Cercanas, como documentos de la realidad, muestran formas reconocibles. Como retratos familiares, los motivos que acogen engendran complicidades, procurándonos un espacio entrañable. En ellas, se recuperan las fisionomías de nuestro entorno más próximo, extrayéndolas del olvido. De esta forma, renunciando al gesto, el autor recicla una imagen que pudiera ser aséptica desde su representación modélica. Una primera toma de contacto nos sitúa frente a la fotografía testimonia y al documento gráfico. Paulatinamente, sin embargo, va generándose una relación afectiva que disipa el distanciamiento, de tal manera que el documento deja ver el retrato. Un retrato que nos emparienta con un espacio cotidiano y nos vincula con la memoria colectiva.

            Desde otro punto de vista, estas mismas fotografías encubren, no obstante, visiones extrañas, como fantasmagóricas escenografías carentes de acción alguna en un tiempo deshabitado; un tiempo que se encuentra paralizado y huidizo a la vez. Es por ello que todo está inmóvil. No hay rastro de actividad. Los silencios pueblan estas desoladas construcciones, en las que solo la magnitud de su fábrica evidencia usos pretéritos y febriles acontecimientos. El despojo y el vacío protagonizan un recorrido errático por los paisajes de la dejación. Son éstos los retratos del abandono, los vanitas de nuestro industrioso entorno. En la obra Arquitecturas Perdidas, asistimos a una obsesiva repetición de imágenes, aunque salpicada por sorprendentes alteraciones que hilan unas imágenes con otras, hasta centrar un círculo temático que se va entrelazando en respuesta a un único impulso globalizador que acaba manifestándose abiertamente en las fotografías de gran formato. En las dimensiones de estas fotografías se pone definitivamente de relieve la magnitud de todo un proceso de trabajo iniciado con una imagen encontrada. Desde este punto de vista, desde la posición dominante de estas fotografías, el referente constructivo es inmediato. Las fotografías se erigen tanto dialogantes respecto al entorno original como discordantes en una nueva localización. Con ellas, recursos hiperbólicos y sobrias actitudes equilibran una descontextualización. Se apropio de ellas y las sometió a una sistematización, no exenta de sutiles disposiciones estéticas.

            A través de la intervención de Jesús Tarruella, las arquitecturas que fueran documentadas en las fotografías se liberaron, poco a poco, de su condición testimonial primera para hacerse perdurables. En un principio, capturando su atención, acudieron a la búsqueda del artista. Se manifestaron, después, imagen encontrada, y crecieron como referente artístico hasta pasar al curativo reposo del archivo en el que reconstruir su pasado incierto.  Reconciliados con la memoria, ven ahora la luz y apelan a su estigma artístico. Jesús Tarruella, seguidor incansable de un proceso en el no se ocultan guiños conceptuales, ha logrado paralizar los fragmentos de la realidad que han ido contaminando su registro imaginero, dejando actuar los factores accidentales sin recelos. De esta manera, aspectos como el carácter aséptico y racional con el que concibe la ejecución confluyen en su obra con otros de índole azarosa y arbitraria, derivados por el interés por mantener abierto el proceso de trabajo. Aspecto que, aparentemente contradictorios, logran, sin embargo, inferir solidez en los planteamientos conceptuales y frescura en los recursos formales.

            La arqueología industrial, más allá de la desolación que enfatiza una mirada melancólica y del distanciamiento provocado por un parco análisis arquitectónico, en el trabajo de Jesús Tarruella se torna una aventura plástica. Aventura en la que se suceden asombrosos episodios que ahora aparecen calladamente para engrosar el archivo de lo efímero. Un archivo edificado a partir de fragmentos de la cotidianidad del olvido, de la fragilidad de una época sustentada en la ruina de anteriores enterezas, aquí rescatadas e imperecederas.

José Luis Clemente.

Texto interior:

Catálogo: Jesús Tarruella. Arqutecturas Perdidas.
Edita: Cada de la cultura. Ayuntamiento de Villena.
1996
ISBN: 84-920501-5-2