Carta de amor (con señas perdidas).

En Valencia a, 23 de enero de 2002.

          Llegó el invierno y, con él, los primeros hielos de la temporada hicieron estragos durante la noche. Los campos sembrados de cereal, ya germinado, mostraban hierbas cristalinas que cegaban a contra luz la mirada de mi abuelo buscando cabras extraviadas.

          Cigarro, otro cigarro y cigarro que te crió, un cigarro tras otro con el morral lleno de viandas, navaja, sal y vino, mucho vino; después, de espaldas al sol daba paso un leve descanso. Las cabras, tendían  una mañana cotidiana llena de monotonía y algo de tristeza: hasta ellas se derrumbaban por el transcurso de un tiempo abrumador y desgarrador. En la casa mientras tanto, la abuela bien entrada la madrugada elaboraba el queso con la leche sobrante para venderlo, sacar pelas y después guisar un cocido de muerte. Ya, a la hora de costumbre nos había preparado a mi Gloria, a mi Pepe y años después a mi María,  el requesón, que con despertares hambrientos y escasos de energía devorábamos con pócima de Cola-cao de lata metálica, detrás quedaban sábanas frías y húmedas por alguna meada, para después gozar del día qué no tuvimos escuela.

          Con el frío entraron novensanas nieves anunciando tiempos de alegría. Por donde las miráramos grababan los primeros registros en nuestra mente que con el paso de los tiempos permanecerían como bellezas resplandecientes adornando todo lo que hasta aquellos días comportaron actos rutinarios matizados por tonalidades de gris, de color, de energía, hasta de vida. Desde pequeñitos nos auguraron tiempos difíciles no faltos de soledades y tristezas. Tras el desayuno, y con ostión de Quina San Clemente nos escapábamos del regazo de la abuela, de los olores a corral, de las gallinas y de los conejos arrugados por el frío (pero con un apretón mañanero que siempre recibían) y con olor a cisco del brasero bajo la mesa camilla; nos organizábamos a modo de brigadas con los vecinos y comenzaba la fiesta. Con la yugular hinchada por la Quina y por todos aquellos matices, no hubo Cristo que nos levantara la voz.

          ¿Por dónde empezar?

          Pues por un palo mismamente.

          Perreábamos a rabiar por un jodido trozo de madera encontrado en el campo (eso sí, siempre mucho campo).

          ¡Es mío!

          ¡No capullo, yo lo vi antes!

          ¡Pues te voy a chafar la cabeza cabrón si no me lo das!

          ¡Pues empieza…!

          En cualquier caso era suficiente. Empezábamos a valorar y a luchar por cosas banales, nuestras primeras cosas; nuestras primeras ilusiones. Egoístas y posesivos pero por encima de todo comenzábamos a ser hombres.

          Se engendraba un símbolo.

          Con los palos nos hacíamos espadas: nuestras primeras armas. Aparecían los tontos, los de intervención rápida; luego los listos, los logísticos. Los más avispados enseñaban a los más tontos a mantener posiciones de vanguardia, a poner el morrito: aparecen los tirachinas y las trincheras de combate. ¡Dios cómo iban los tirachinas! Entraba la estrategia. Los más tontos con espadas, los menos con tirachinas. En un punto distante en un horizonte próximo, un árbol: el único. ¡Y claro! dado que no había otro…, todos queríamos árbol. Claro que, esto solo ocurría cuando aparecían los del otro barrio: ya la hemos liado.

          En el árbol nuestra primera casita. Cartones, más palos y por supuesto plásticos para las goteras. Nacía nuestra primera propiedad. En el árbol, o sea, en nuestra primera casa, los primeros cigarros robados al abuelo, la botella de mistela que tenía amagada la abuela para fiestas, las espadas de los tontos, los tirachinas de los listos y por su puesto nuestras primeras borracheras y juegos de amor. Ahora, en clave de desgarro, los intento rescatar pero sin conseguirlo, los he perdido. No recuerdo la sedosidad de pieles supuestamente aterciopeladas, el posible sonido de un beso que ya no oigo; eso sí, el sabor de los labios siempre tenía la resaca de un lápiz Alpino. Creí haber conocido el amor, mi primer amor, y muero de rabia por que no lo recuerdo. Nuestras primeras mujeres. ¡Dios qué pena! Perdí la posibilidad de comparar. Desde aquella infancia primeriza comenzamos a adornar de ideas ese tiempo de inocencia que poco a poco, fue tallando y conformando ilusiones de futuro o al menos nos permitiría llenar tiempos de vacío. Supongo que aquellas sonrisas, ahora perdidas, llenaron vidas tristes y frías de padres distantes, como ausentes, con olores a pieles y pegamentos de los putos zapatos que nunca se acababan en mi madre, a gasoil y grasa de los jodidos camiones que nunca se acababan en mi padre y que, en sus quehaceres diarios desconocieron a sus hijos; posiblemente hasta los perdieron. Nos hicimos mayores y, ellos también…

          ¡Dios, qué tiempos aquellos!

          Qué intenso era todo.

          Pero, posiblemente injusto e ingrato, ese tiempo no permitió más que testimoniar edades perdidas, las edades de ellos, de vosotros y de nosotros; quizá de aquellos también. Metáforas de ausencia, metáforas de esperanza y, metáforas de ilusión. Ahora en el recuerdo, mi corazón intenta seguir bombeando pero casi sin fuerza ni esperanza, una sabia que en momentos olvidados de cualquier día, minuto o segundo,  me hacen erizar hasta las uñas.

          ¡Dios, casi ya lo olvidé!

          Y solo tengo media vida.

          A veces, intento rasgar las cavidades de mi mente con la intención de viajar por un nudo neuronal, en un tiempo cada vez más relativo, menos absoluto y cada vez más desleal.

          Mi memoria está dañada, siento perderme en un abismo informe y nebuloso que me obstruyen los mínimos flujos de recuerdos que me hicieron volar y ahora ya no me hacen sonreír. No los percibo.

          Con los años, todos esos recuerdos perdidos de niñez afloran esporádicamente en mi vida en clave positiva. Generación de recursos en tiempo real, solución de problemas antes de que aparezcan, cierta previsión de futuro y por supuesto errores y más errores.

          Cada día que pasa, esas pasiones ardorosas de jugar a ser niño generan levemente ilusiones de  mañanas y futuros presentes. Pero se me borran poco a poco de mi memoria del tiempo, un tiempo de vida sin vida pero con ideales. A modo de virus informático que va haciendo estragos en el sistema y te obliga formatear el disco duro por que por no dar, no da ni asco. Cómo me gustaría por momentos estar electrificado.

          Que mi vida se desarrollara en una placa base, tener un huevo de memoria RAM, un disco duro de la ostia y un microprocesador que me sacara del pellejo a palo limpio. ¡Ufff! Hasta igual me ponía…. o nó.

          Cada día que pasa imagino lienzos sonoros, masas de pintura informe que muevo por donde me da la real gana.

          Cada día que pasa, fotografío lo que me pasa por el vientre. Toco, meto, quito, hago y deshago, una y otra vez, sin cansancio, sin espera y sin pausa alguna que micronice sensaciones vanas o deseos profundos.

          Cada día que pasa veo el color de la música, me habla, me dice, me hace hacer.

          Cada día que pasa si no pasa nada, hasta lo mismo me pone y si no, me hago unos vasitos.

          Cada día que pasa hasta siento tocar nuestra luna, sesteo con las nubes creo levantar nuestro mar.

          Porque cada día que pasa no deja de circular por mis venas el más puro deseo de amar, de vivir. Deseo injusto porque la fortuna es lo único que me veta.

          Pero me resisto a desvanecer.

          El otro día y por testigos un cielo azul, un sol de invierno, marítimo y mediterráneo, resplandeciente y rabioso de vida y, un quiosquero, haciendo ruido rodando con la moto por Valencia, una brisa de frescura matinal erizaba todo mi cuerpo, yendo al trabajo paré en un quiosco que no conocía, de un barrio, no sé cual sería y compro la prensa, tabaco y unos sugus (dicen que va bien cuando tienes un mazo de sarro en los dientes). Le pagué al hombre no sé cuantos jodidos euros eran y me devolvíó algún de céntimo y un billete de 2000 Ptas. ya que no tenía billetes de euro. En él ponía las siglas NPVST. No dando crédito a lo que vi salí, cabizbajo, muy confuso, y casi sin ver la puerta de cristal por las lágrimas que me cosquilleaban la cara, ya en la calle saqué de nuevo el billete y comprobé: era mi letra. Fue un dinero que le debía a una novia y el último día antes de separarnos se lo pagué. Las siglas se las escribí antes de dárselo, a modo de despedida. Las siglas  quisieron decir: No Podré Vivir Sin TI.

… y después de revisar el texto y, a las 22 horas del 12 de octubre de 2002, sol glorioso y día del Pilar, aquí sigo haciendo el jilipollas…

Por cierto macaba de llamar mi madre y ma dicho que san comío una gachamiga de muerte en el campo, un guevo frito y una longaniza ( …y algunos quisieran lo que ma sobrao…) cacía un sol de miedo y que san acordao de mí……. otro día perdio en este jodio Valencia.

Tu Jesús que no te olvida.

Jesús Tarruella González

Texto interior:

Catálogo: Jesús Tarruella. Cartas de un Náufrago.
Edita: Cada de la cultura. Ayuntamiento de Villena.
2004
ISBN: 9788496621954